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HABLO DE MÍ, PUÉ.

06/29/2017 - 17:56
A menudo se prejuzga a este sector que, contra viento y marea, sigue en pie defendiendo los derechos que ha conquistado durante los últimos años, al constituirse como un actor social que aporta al desarrollo productivo e industrial del país. Aquí, la historia de “Diseños de mi Pueblo” y otras luchas que se enarbolan junto a las banderas del cooperativismo de trabajo.

Por Melina Arnau

Nota publicada en la edición n° 60 de revista Oveja Negra


Las empresas autogestionadas o cooperativas de trabajo, como bien dice su nombre, son entidades dirigidas por el trabajo y no por el capital. La experiencia de estos años, mostró por un lado, el sentido transformador de la sociedad que denota la lógica de crear empresas en las que lo prioritario es crecer y satisfacer las necesidades de sus asociadas y asociados (no la maximización de las ganancias). Por el otro, se vio un fuerte crecimiento y desarrollo de sectores populares y productivos.

En la actualidad, comanda los destinos de la Patria un gobierno que fue elegido por la mayoría pero toma decisiones para la minoría. Bajo este signo político, el escenario cambió por completo. El crecimiento del producto y la distribución de la riqueza fueron reemplazados por un modelo que pone como prioridad a la especulación financiera y la transferencia de recursos desde el bolsillo de los que menos tienen, hacia los más que tienen.

Vaqueros es un pequeño y bonito asentamiento salteño, bañado por cuatro ríos, que se encuentra tan solo a 19 minutos de la capital provincial. En algún momento de la historia, gringos de mucha plata empezaron a comprar tierras ahí para construir sus casas de verano y los pobladores originarios comenzaron a ser excluidos. En el medio, manejos entre gobiernos para vender esas tierras. “Che! Tenemos que hacer algo y alguien nos vino a decir: ¿por qué no arman cooperativas?”, cuenta María Fernanda Marza, referente salteña de la Red Textil Cooperativa, federación asociada a la Confederación Nacional de Cooperativas de Trabajo. “Para nosotros era novedad, porque todo lo que escuchábamos que pasaba en el resto del país, no lo vivíamos. Es más, nuestro gobierno provincial representa al partido de la victoria pero fue el que nos mandó a la infantería para pegarnos. Era raro escuchar a la Presidenta que hablaba de derechos de las mujeres, de la tierra y que éstos nos vengan a pegar. Eso fue lo que nos hizo un click. Si los de Buenos Aires, los de Córdoba y Tucumán, por ejemplo, ganan derechos, ¿por qué nosotros no?”, relata Fernanda refiriéndose a los comienzos de “De mi pueblo”, la cooperativa de trabajo textil que preside, en la que todos los días trabajan 10 asociadas.

“Si a mí me preguntan qué me dio el cooperativismo, digo que me ayudó a desarrollarme como mujer y entender que valía”, expresa, contando que ellas comenzaron a tener vivencias en comunidad cuando se empezaron a enterar de lo que vivían otras mujeres de su pueblo, donde la vida criolla y la figura del gaucho están sumamente arraigadas y la cultura machista del patriarcado, está aún a flor de piel. “Lo que más me golpeó como referente fue cuando una vez, vino una chica llorando y me contó la situación que estaba viviendo: ella dejaba que un familiar abuse de sus niñas de 3 y 4 años para poder tener seguridad de techo. Para mí fue muy escalofriante e inmediatamente salimos a pedir ayuda. La apartamos de ese lugar. Le hicimos entender a ella primero el valor que tenía como mujer y el valor que tenía que empezar a darle a sus niñas. Eso fue lo que hizo que empezara esta lucha no solo en el territorio sino también pelear por nuestro trabajo. Y nosotras encontramos en el cooperativismo la respuesta a eso”, dice convencida.

Fernanda y sus compañeras entienden que la capacitación es uno de los ejes fundamentales que tiene que acompañar el proceso de organización de la cooperativa. Y si bien, remarca que aún tienen debilidades, sabe que están en el camino correcto. “Nosotras veníamos de otras formas de trabajo donde siempre hemos tenido el patrón y el capataz que nos decía lo que teníamos que hacer. Hablar hoy de horizontalidad, por ejemplo, es raro. Romper con el modelo de estructuras en las que nos habíamos formado y reconstruirnos dentro del sector de la economía social, para nosotras era todo un desafío. Al principio, ni nosotras nos creíamos capaces de hacer lo que hacemos hoy”.

Si algunos años atrás le hubiese preguntado a Fernanda ¿cómo pensas tu futuro?, lo más probable es que dijera que se veía envejeciendo cebándole mate y lavando la ropa del marido. “Jamás hubiera creído que iba a estar trabajando para mi, para mi propio negocio. Ser parte de una de las cooperativas reconocidas en el territorio. Jamás hubiera esperado a una artista como Florencia Peña para que armara su ropa de espectáculos en nuestra cooperativa. Jamás iba a pensar que, desde la costura, seríamos modelos que rompen con el estereotipo, porque eso hicimos hace un tiempo: un desfile donde participamos todas sin importar características físicas. Nosotras entendimos que la mujer bonita no es la que nos quieren vender, sino que es la que lucha”.

“La gente habla mal de nosotras porque hacemos algo que la mujer no tiene permitido hacer. Entonces cuando nos dicen: ‘¿de quién hablan?’, contestamos: ‘De mí, pué’. Tiene doble sentido lingüístico el nombre de nuestra marca”. Estas mujeres cooperativistas y luchadoras producen indumentaria institucional. También trabajan con diseñadores y diseñadoras que las elijen para concretar y hacer realidad sus ideas. Además, fabrican “ecocasa” una producción que está compuesta por almohadones, cortinados con paisajes de la puna, caminos de mesa, organizadores de baño y de cocina con una fuerte impronta de colores e identidad norteña.

Salta no es la excepción a la crisis económica que viven los sectores populares en Argentina. Le pregunté a Fernanda cómo enfrentan desde la textil la apertura de importaciones. Su expresión, antes de contestar con palabras, me dijo todo. “Estamos prácticamente al lado de Bolivia. La gente compra en Buenos Aires y lo lleva para allá, es algo muy raro. Yo encuentro de aquel lado ropa argentina a menor precio. Por ejemplo: nosotras tenemos shorts, pantalones cortos, que tendría que venderlos a $400 para ganar algo. De Bolivia me pasaron $150 ¡y son de industria argentina! No podemos competir nunca con eso. Por eso nosotras siempre hablamos del valor agregado, difundimos a viva voz que no somos mano de obra esclavizada. Que cuando compras un producto cooperativo, estás garantizando la dignidad de las mujeres trabajadoras del lugar y por ende, aportas al desarrollo local”.

 

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